La estructura productiva que España fue forjando en los años 60 tenía unos problemas que en un principio no tenían demasiada importancia pero que, al aplazarse su solución en el tiempo, iban trasladando hacia adelante una importante hipoteca que gravaba el desarrollo económico del futuro.
Estas eran las características de la estructura productiva:
1) Sus desequilibrios sectoriales.
El crecimiento de los 60 era demasiado rápido como para que encima fuese equilibrado. Es decir, programado o planificado. Dicho crecimiento pareció concebirse en España en un plano acotado por el crecimiento de la industria y el aumento de las actividades de servicios. La agricultura registró una expansión menos intensa y más vacilante, quedándose atrás y desequilibrando, en consecuencia, el proceso de desarrollo. El sector interior, tanto del comercio al por mayor como del comercio al por menor, no se modernizó a tiempo ni se amplió. El creciente desequilibrio entre el desarrollo de las redes de comercialización, la producción total y las necesidades de los consumidores fue imponiendo costes elevados a la distribución de los distintos bienes y servicios, limitando así su demanda y alentando el crecimiento de los precios. Por último, la demanda de bienes y servicios públicos, desde la salud a la educación, desde la vivienda al urbanismo, no pudo ser atendida por el sector público.
Se produjo así un desequilibrio, cuya importancia han destacado algunos estudiosos del desarrollo como J. Kornai, entre el capital social de la economía destinado a la producción de bienes y servicios públicos y el capital productivo dedicado a la obtención de bienes privados. Este desequilibrio de capital social que, desatendido por los planes de desarrollo, se manifiesta en las deficiencias pasadas y hoy agravadas. España entraba así en la era del consumo de masas con una debilidad importante que arriesgaba su propia continuidad en el futuro, pues no resultaba imposible mantener el crecimiento de la producción privada sin la correspondiente y complementaria producción pública.
Las deficiencias del sector público español de los 60 iban a dificultar el progreso del país, pues ese sector público atrasado y no innovado ni en su capital ni en su organización resultaba incapaz de corregir los defectos de funcionamiento de la economía de mercado por la que habíamos optado en 1959.
No puede resultar extraño que estos tres sectores, cenicientas de los programas de inversión del país hayan pasado su factura al resto de los sectores dinámicos e innovados, constituyendo un pesado y creciente lastre para asegurar un desarrollo continuo e intenso.
2) Limitaciones para crear empleo.
La estructura productiva formada en los 60 ha ido ofreciendo cada vez relativamente menos oportunidades de trabajo para incorporar nuestra población activa a las tareas de la producción. Las investigaciones realizadas por el Banco de Españ (y la Fundación INI) han valorado estas limitaciones y sus causas.
El análisis realizado por el Banco de España descansa en una función de paro no agrícola que tiene como variables explicativas las variaciones del PIB en la industria y en los servicios, las modificaciones en los salarios reales y una variable tendencia que engloba diversos factores (el saldo migratorio, las mutaciones intersectoriales de población activa y la transformación tecnológica). La estimación de la función de paro de España permite afirmar, de acuerdo con los datos disponibles de la etapa 1960-72, que un aumento del 1% del PIB (en industria y servicios) en un trimestre y, a largo plazo, de disminución del 3,23% del paro registrado en el mismo trimestre y, a largo plazo, de 17,94%; los efectos de un aumento en los salarios reales del 1%, son de un aumento de paro del 1,48% en el mismo trimestre y de un 8,22% a largo plazo; mientras un aumento del 1% de la variable tendencia provoca un aumento del paro del 5,15% en el mismo trimestre y del 28,64% a largo plazo. Esos valores muestran por lo pronto, los graves problemas de empleo implícitos en la estructura económica a partir de la cual se ha realizado la estimación de la función de paro. La fuerte gravitación que hacia el desempleo establece la variable tendencia (derivado del crecimiento demográfico, tecnología utilizada y estructura de la demanda total) pudo ser parcialmente compensada en la etapa 1959-74 por el intenso crecimiento interno (superior al 7%).
Parcialmente tan solo, se afirma (pues la emigración española al exterior durante la década se sitúo como mínimo en 711.000 españoles y el paro alcanzó la cifra media de 181.000 personas) que son 892.000 trabajadores los no empleados por la estructura productiva nacional, que en otras estimaciones llevan hasta un millón de no ocupados por la actividad interna.
Dicho en otros términos, la economía española siguió un camino para su crecimiento en el que se precisaba la presencia de una doble condición para no aumentar el paro: la moderación salarial responsable que tuviera en cuenta los efectos negativos que para los parados imponían los aumentos de salarios reales y un crecimiento intenso del PIB (en industria y servicios), que en el caso en que los salarios reales se mantuvieran constantes debería ser superior al 6% para no elevar las cifras de paro. La dureza de esas condiciones salta a la vista y muestra con claridad las limitaciones de la estructura productiva creada en el auge 1959-74 para responder a las necesidades de empleo de la población española.
3) El proceso de desarrollo forzó las necesidades incrementales de capital a tasas del 2,7% anual acumulativo entre 1962 y 1970. El aumento del grado de capitalización de la industria fue continuo durante todo el proceso de expansión de los años 60. La intensificación de las necesidades de capital se vio favorecida, no sólo por la imitación de los fundamentos del proceso de auge económico que llevaba a buscar en los bienes de capital importado sus fuerzas de arrastre, sino también por los bajos tipos de interés mantenidos por un sistema financiero al que no llegó ni la competencia ni el mercado.
El crecimiento económico se realizaba así en contra de la dotación de recursos disponibles en la sociedad española, negando la utilización del factor más abundante - el trabajo - y demandando cantidades crecientes del más escaso - el capital - .
4) El proceso de desarrollo económico generó una estructura productiva marcada por intensos procesos de sustitución: sustitución de fuentes energéticas tradicionales (carbón) por nuevas fuentes de energía (petróleo y energía eléctrica), expansión de métodos de transporte de gran densidad en sus consumos energéticos (no ferroviarios) y reducción de medios de transporte de menor consumo de energía (ferroviarios), formas de vida familiar construídas sobre un uso intensivo de los electrodomésticos, por las que no lo estaban y demandas de productos agroalimentarios elaborados por productos alimenticios no elaborados, fibras textiles artificiales sustituyeron a las naturales, y los materiales tradicionales fueron desplazados por productos químicos. El factor común de esos numerosos procesos de sustitución es bien perceptible: aumentar una demanda intensa de energía que se situaba justamente en el centro de todo el proceso de expansión de los años 60 y que constituía su dependencia más generalizada y crítica.
5) La propensión generada por la estructura productiva hacia el desequilibrio de la balanza de pagos y el carácter limitativo que sobre el desarrollo económico ha tenido la posibilidad de atender a la capacidad de importación. El cambio de una política de desarrollo "hacia fuera", que se realiza en 1959, parte de una realidad productiva que es preciso conocer: la antigüedad física y más aún tecnológica del equipo productivo disponible, la necesidad de abastecer una demanda importante e inatendida durante muchos años en materias primas, productos intermedios y bienes de consumo final. Es a partir de esa situación de avidez de importaciones como se opta por la política de desarrollo "hacia fuera", cuya premisa fundamental era la de liberalizarlas. El salto presumible en las importaciones constituyó el principal de los riesgos asumidos en el Plan de Estabilización, ya que se trataba de permitir ese salto de la importación total facilitándole con un aumento de las exportaciones que permitiera darle continuidad y firmeza. Dicho en otros términos: la capacidad de importación debía ser una variable clave de desarrollo. Su fortalecimiento garantizaría la continuidad y firmeza. Dicho en otros términos: la capacidad de importación debía ser una variable clave de desarrollo. Su fortalecimiento garantizaría la continuidad de sus exportaciones que incorporaban la innovación tecnológica y avalaban el desarrollo de la productividad. Esa mayor capacidad de la importación ha dependido del saldo favorable de tres balanzas: la de servicios (turismo), la de transferencias (envíos de emigrantes) y la de capitales, que han tratado de compensar los saldos desfavorables y crecientes de la balanza de mercancías. La estructura productiva no ha logrado responder a tiempo a las necesidades de un "desarrollo hacia fuera" ocasionando déficits exteriores que han detenido el proceso de crecimiento obligando a realizados costosos reajustes.
El desarrollo industrial ha actuado como factor clave en el aumento de la propensión a importar, mientras que los sectores tradicionalmente exportadores (agricultura y minería), por no desarrollarse al mismo rítmo que la industria, empujaban a la balanza de mercancías hacia números rojos. Todo ello explica la gran debilidad exterior de la estructura productiva española y los graves problemas que planteará a esa estructura las dificultades por las que puede atravesar las balanzas de servicios, transferencias y capitales.
6) Ese crecimiento de la producción entre 1959-74 se ha realizado con notable desigualdad en el territorio del Estado. El crecimiento económico trató de conseguirse donde resultaba más accesible, y las regiones industriales desarrolladas, con infraestructura suficiente para ampliar su base industrial, recibieron un impulso energético. En los años que van desde 1960 a la víspera de la crisis energética de 1973, la producción y la renta nacional española tendieron a concentrarse en ese triángulo de la prosperidad que señala la existencia de tres puntos: Ribadeo, Amposta y Rosas de Gerona. Este triángulo más la zona de Madrid, constituyeron la flecha geográfica con la que España apuntaba hacia su progreso. El resto de las regiones no experimentó un desarrollo económico semejante. Se ha dicho, como saldo excesivo de este balance el desigual crecimiento regional, que pocas cifras bastan para probarlo, porque su elocuencia es incontestable. El hecho de que en 1973 el 54% de la renta nacional se obtuviera el 14% de la renta nacional, constituye un índice lo suficientemente expresivo como para no necesitar de mayores aclaraciones. Naturalmente en la medida en la cual el desarrollo económico iba teniendo lugar, bajo el dictado de esta desigualdad geográfica, se iban teniendo lugar, bajo el dictado de esta desigualdad geográfica, se iban creando problemas para el desarrollo económico futuro, pues que la emigración interna de los españoles de las provincias subdesarrolladas hacia la España de la prosperidad para buscar en ella un lugar al sol con el fin de disfrutar del progreso, iba creando deseconomías cada vez más intensas e importantes, consecuencia de la congestión urbana e industrial, deseconomías que restaban poco a poco las oportunidades iniciales de crecimiento y obligaban a disminuir paulativamente el ritmo de expansión potencial del PNB.
Esas características de la estructura productiva surgida de la peculiar y más breve versión española de la larga fase de auge mundial 1951-72, constituían hipotecas importantes para lograr en el futuro una continuidad sin problemas en el desarrollo económico. En primer lugar, el desequilibrio en el desarrollo sectorial no sólo repartía con desigualdad la modernización de la economía y los frutos del progreso, también introducía frenos al rítmo de crecimiento posible en cuanto que los sectores que se iban quedando atrás detendrán el paso de lo que iban delante. Basta repasar la historia económica de los propios años 60 para comprobar los costes de todo tipo que el insuficiente desarrollo agrario, la comercialización defectuosa o los malos servicios públicos han supuesto en la marcha de la economía. En segundo lugar, el peligroso carácter deficitario de nuestros intercambios con el exterior, consecuencia de la estructura productiva disponible, constituyó el factor limitativo más claro e insistente del crecimiento de la producción, la renta y el empleo a partir de 1959. Las limitadas oportunidades de ocupación, asentadas en la estructura productiva y en la dirección de la demanda, oscurecía el futuro empleo de las jóvenes generaciones que iban a irrumpir en los mercados de trabajo con fuerza incontenible hasta 1985. Augurar un futuro con paro creciente y joven no era un pronóstico catastrofista, sino una consecuencia del conocimiento de las condiciones establecidas para el desarrollo de la población, los crecientes requerimientos de capital pedidos por el desarrollo no se correspondían con un sistema financiero poco desarrollado e intervenido como era el nuestro.
La intensa dependencia energética proveniente de fuentes exteriores embarcaba a la economía en una aventura llena de incertidumbres de futuro y la desigualdad con la que el desarrollo se repartía en el territorio del Estado no sólo lo hacía crecientemente inaceptable para ámplias áreas del territorio nacional, sino cada vez más difícil, ya que los costes derivados de la acumulación productiva en determinadas zonas obligarían, tarde o temprano a realizar inversiones crecientes para evitar las deseconomías de la aglomeración urbana, de la industria y los servicios.
Todas esas características pedían correcciones importantes en la política de desarrollo. Sin embargo, es preciso afirmar que esos defectos de nuestra estructura productiva, aun constituyendo hipotecas innegables del futuro proceso de expansión, no lo impedía. La crisis de esas formas de producción no se origina hasta que un conjunto de factores que van a ir surgiendo a partir de 1972 terminan con las fuerzas que sostenían el auge del ciclo largo de la economía mundial desde 1951.
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